CD.DE MÉXICO: Un Papa peregrino que aún mueve multitudes

En 1979, tres meses después de asumir el liderazgo católico, el polaco Karol Wojtyla provocó una epidemia prolongada de gritos entre los fieles, y olas de gente flanquearon su tránsito del aeropuerto del DF a la Catedral Metropolitana, cuentan algunos de los religiosos que estuvieron a su alrededor entonces

Nacionales

- 2011-04-29


Su paso por las calles en la ciudad de México provocó una epidemia de gritos prolongada. Ese comportamiento de júbilo contagioso homenajeaba la presencia de aquel extranjero que apenas unos minutos antes había llegado y besado suelo mexicano. La fecha: 26 de enero de 1979. El personaje: el papa Juan Pablo II, quien apenas hacía tres meses había asumido su pontificado.

A 32 años de su visita por primera vez a tierra mexicana, obispos y sacerdotes, a quienes les tocó participar de manera cercana en los eventos que se organizaron para el papa Juan Pablo II en México, reviven los momentos de euforia colectiva que se experimentaron ante la presencia del Sumo Pontífice. Los testimonios coinciden: nunca habrá una expresión de fe en todo México como aquella vivida durante el primer encuentro con el Vicario de Cristo.

En la primera ocasión olas de gente flanquearon el recorrido desde el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México hasta la Catedral metropolitana. Un cálculo aproximado estableció que 5 millones de personas llegaron de distintas partes de la República Mexicana e incluso del extranjero para verlo.

El padre José de Jesús Aguilar, a quien en aquel entonces le tocó ser acólito de libro durante la primera celebración eucarística realizada por el Santo Padre, recuerda el griterío de la gente. Apenas veían que se iba acercando y se transformaba el rostro de hombres y mujeres en lágrimas, gritos, muchos se desmayaban, otros se quedaban mudos porque ya no era suficiente la voz para expresar su alegría.

Cuando estuvo el Papa frente a la Catedral en una actitud que nadie esperaba, de manera especial porque las manifestaciones religiosas estaban prohibidas en público, bendijo desde el atrio al tumulto y los gritos irrumpieron.

Fue una reacción al unísono. “Curiosamente, los obispos, seminaristas y sacerdotes preparados para guardar el orden fuimos contagiados, de tal manera que el cardenal Ernesto Corripio Ahumada, junto con obispos, sacerdotes y seminaristas, empezaba a gritar ‘Papa amigo, México te quiere’ y a mover brazos, como no acostumbraría a hacerlo una persona de su jerarquía.

“Cuando entró tuvimos que guardar compostura, pero yo empecé a sentir un nervio tremendo y un vacío en el estómago, y cuando el Santo Padre se acercó al Altar del Perdón, donde yo estaba, seguramente lo sintió y me dijo: ‘no tengas miedo, estás con el papa’. Su sonrisa me tranquilizó”, recuerda el sacerdote José de Jesús Aguilar.

Minutos después el propio Juan Pablo II reconoció esta fe del pueblo mexicano durante su homilía en la Catedral al decir: “De mi patria se suele decir: Polonia, semper fidelis. Yo quiero poder decir también: México, semper fidelis: México, siempre fiel”.

“Todos quedamos marcados por esa visita. No había experiencias anteriores, no fue improvisada, pero lo cierto era que no sabíamos qué pasaría de manera concreta con la respuesta de la gente. Ni él ni mucho menos nosotros esperábamos que hubiera una reacción tan emotiva del pueblo”, cuenta emocionado el obispo en retiro Abelardo Alvarado.

Los religiosos aseguran que esa primera visita a tierra azteca le imprimió el sello a su pontificado de papa peregrino. Incluso, recuerdan que el propio Wojtyla había dicho a partir de esta experiencia que si la gente necesita tener cercano al papa, pues él debía de acercarse. De ahí hasta abril de 2005, fecha de su muerte, realizaría 104 viajes fuera de Italia, cuatro más a México.

Antes de su llegada en ese 1979 hubo cierta expectativa donde incluso le dijeron a la gente que no saliera de sus casas por seguridad, que viera la llegada y su recorrido en sus casas por televisión. Las autoridades no deseaban que se desbordara el entusiasmo. Muchos desobedecieron. Pensaron que podría haber sido la única visita de un papa a México y tapizaron las calles. “Al principio fue curiosidad y a partir de que el Papa bajó del avión y se inclinó para besar el piso mucha gente se sintió ligada y cercana al Santo Padre, salieron corriendo a las calles para verlo pasar”, dice José de Jesús Aguilar.

“México sabe rezar”

Habían pasado apenas tres meses de que el polaco Karol Wojtyla fuera elegido como sucesor de San Pedro y México fue el país elegido para realizar la primera visita internacional. Las vallas humanas, a ambos lados de todo el recorrido, marcaron la senda que siguió el Sumo Pontífice.

Entre esas barreras de hombres y mujeres se encontraba el entonces químico y hoy padre Pedro Agustín Rivera, rector de la antigua Basílica de Guadalupe. Ese sería su primer encuentro como laico con el Sumo Pontífice

“Era un sentimiento gozoso, explosivo. La gente se subía a los árboles, a los postes, todos lo queríamos ver en su recorrido. En la glorieta de Chilpancingo ya nos habíamos organizado para que cuando lo viéramos venir todos gritáramos: ¡su bendición, Su Santidad! Llegó y todos nos quedamos callados, impactados por su presencia; llegó el momento en el que había pasado y pudimos aplaudir. Entonces, todos gritamos: ‘¡viva el Papa!’”, cuenta el sacerdote.

Ya para la visita de 1999, al padre Pedro Agustín Rivera le tocaría coordinar la reunión de jóvenes en el deportivo Magdalena Mixhuca, donde se esperaban unas 800 mil personas y llegaron dos millones. Ahí volvería a constatar esa fidelidad del pueblo mexicano para demostrarle al Papa su cariño con expresiones de desbordada alegría.

Una constatación de que el Vicario de Cristo prestaba atención a las manifestaciones de fe del pueblo mexicano se presentó durante la beatificación de Juan Diego en mayo de 1990, cuando el Papa salió al balcón de la Basílica de Guadalupe y dijo de manera muy festiva y alegre: “México sabe rezar, México sabe cantar, México sabe gritar”.

“Esta expresión nos habla del júbilo que había en las visitas del Papa”, dice el padre Pedro Agustín Rivera, quien dice que no es cosa menor que la porra “Juan Pablo Segundo, te quiere todo el mundo” haya surgido en México.

La primera visita sólo fue un modelo de lo que serían las subsecuentes, considera monseñor Abelardo Alvarado, quien participó en el primer encuentro como director del secretariado de la Evangelización y Catequesis de la Arquidiócesis de México. En esa ocasión a él también le correspondería hacer la distribución de los boletos para la celebración que tendría lugar en la Antigua Basílica de Guadalupe.

“Era la primera vez que un papa salía del país, no había una norma, no había experiencia anterior, pero fue tan importante que influyó para que el Santo Padre le diera un sello particular a su pontificado, porque vio la importancia que tenía que él como pastor de la iglesia se acercara a los pueblos”, dice el prelado.

Desde el ojo de los religiosos, Juan Pablo II se ganó a México por ser un hombre sencillo y cálido en su relación con la gente, y porque transmitía una sensación de cercanía, de afecto, de ser un hombre de oración. Eso le generaba la simpatía.

Es por ello que los testimonios aseguran que Juan Pablo II no está en la parte intelectual de las sociedades, sino que está a flor de piel de los que estuvieron cerca de Su Santidad.

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