Línea Caliente
Edgar Hernández
Gutiérrez Barrios, mitos y falsedades
Lunes, 05 de Noviembre de 2018
Fue el 8 de diciembre de 1993.

Don Fernando Gutiérrez Barrios invitaba a quien esto escribe a su casa de San Jerónimo. La cita era a las 6, pasado el meridiano. A esa hora al otro lado de la ciudad, en la sede del PRI, en el Plutarco, Luis Donaldo Colosio rendiría protesta como candidato a la Presidencia.

Era una tarde fría, más por allá en la Magdalena Contreras donde pega duro el frio… pero, bueno, qué importaba si ibas a ver al ya para entonces “Hombre Leyenda”.
En el vestíbulo de su casa de “Santiago Apóstol” con toda propiedad aguardaba don Fernando con esa puntualidad impuesta por su padre, un viejo villista.

Estar frente a él, con su espigada figura y cuidadosa la formalidad, era como estar frente a la historia, la historia del llamado México contemporáneo. Esa caballerosidad y calidez. Ese trato. Sus conocimientos. Sus finos modales. Sus ojos severos y ese bigotillo que recuerda al galán de los cuarenta de “Morir en el Golfo” de Camín.

El muy sport, de cuello de tortuga blanco y un saco café a cuadros que combinaba a la perfección con un pantalón de fino casimir tabaco y mocasines del mismo color.
Ya instalados en su despacho, una biblioteca en donde estaban sus recuerdos de vida, se arrellanó en cómodo sillón frente al gordo televisor.

La trasmisión estaba en curso.

La rendición de protesta y el discurso de Colosio que regresaba en el tiempo al legendario político a aquella infausta víspera de Reyes del mismo 1993, donde lo último que esperaba era que el presidente Carlos Salinas le pidiera la renuncia a la cartera de Gobernación.

Un día antes, en los pasillos de la parte posterior del viejo Palacio de Covián, la que salía a la calle de Abraham González, este gran viejo caminaba y reflexionaba sobre el “destape” que “yo creo se va a dar entre septiembre y noviembre y hay que estar preparados”.

El, don Fernando, el bien recordado por su “Veracruz primero y siempre”, según sus seguidores que no eran pocos, debió ser el candidato presidencial. Era el mejor. El más preparado… pero quien finalmente no sería.

No era del equipo y porque desde los entretelones del poder José Córdoba, Manuel Camacho y Patricio Chirinos abonaron a su caída.
Y se cayó.

Con él se vino abajo el sistema.
El popular y acreditado gobierno de Salinas se derrumbaría ¿provocada por el propio don Fernando?.. Ese es un enigma por resolver.

El punto es que 1994 amanece con una brutal noticia. Para demandar democracia, libertad, justicia y mejoras para los pueblos indígenas y campesinos de Chiapas y todo México, el comandante Marcos se levanta en armas –rifles de madera- conmocionando al mundo.

Un patrocinio de Hank González de 10 millones de pesos y el montaje de la escalada insurgente de parte de un estratega en inteligencia llevaron a los desposeídos a la convulsión social, al despertar del México bronco.

El asesinato de Luis Donaldo Colosio en Lomas Taurinas, la muerte “accidental” del Cardenal Posadas en el aeropuerto de Guadalajara, el asesinato del propio cuñado de Salinas, José Francisco Ruiz Massieu, los brotes guerrilleros… el caos total se sucedió y tras estos acontecimientos en donde hubo manos ocultas.

Era la Momenklatura –ésta sí, mafia del poder- que daba una definitoria lección al arrogante Carlos Salinas quien en la total ingenuidad encamina la sucesión a un pretendido perpetuamiento por el lado de Ernesto Zedillo.

Craso error.

La gata le resultaría respondona. Ya con el poder en las manos, el tibio ex secretario de Educación Pública y Coordinador de la campaña de Colosio, Ernesto Zedillo exiliaría a Salinas y metería a la cárcel a su hermano Raúl.
¿Quién estuvo atrás de todo el tinglado?

De don Fernando se han dicho muchas cosas. Lo han ligado incluso con el magnicidio del siglo, el de John F. Kennedy, ya que era –según sus biógrafos chafa- era agente de la CIA, el famoso “Litempo 4”; Luis Echeverría era “Litempo2”.
¿Mentira o verdad?

La verdadera historia de Fernando Gutiérrez Barrios jamás se ha escrito, ni contado a cabalidad, está por escribirse.

Lo que era indiscutible es que don Fernando sirvió a siete presidentes de México. Inobjetable que fue el centinela de la república, el hombre más informado, el político inescrutable, el mismo que se llevó los grandes secretos de estado a la tumba.

Corresponde a otra persona el Gutiérrez Barrios hoy defenestrado por una televisora decadente que encabeza un imbécil, tercera generación de los Azcárraga, que está llevando a la quiebra a un imperio televisivo el cual recibió los beneficios del sistema, de repetidos gobiernos, en donde el gestor, ese sí, fue Fernando Gutiérrez Barrios.
Hoy Televisa ataca a don Fernando y le inventa pendejadas para ganar un pobre rating en el cable y congraciarse con los nuevos gobernantes.

Asimismo un par de escritorzuelos se han sumado al infundio, a bajezas incapaces de denunciar cuando Gutiérrez Barrios estaba en vida y se podía defender.

Hoy se le ataca sin pruebas volteando la vista hacia el verdadero responsable, a su jefe cuando fue Director de la Federal de Seguridad y subsecretario de Gobernación, a Luis Echeverría que aún vive.

En alguna ocasión don Fernando fue llamado por ese presidente que gobernó en la década de los setenta, para que atendiera de manera personal el secuestro de su suegro José Guadalupe Zuno, padre de la primera dama María Esther Zuno de Echeverría.

Era 1973.
Se trasladó a Guadalajara donde vivió por seis meses hasta lograr la captura del plagiario.

Son parte de las historias de la seguridad nacional, de los mitos, mentiras y leyendas que se siguen tejiendo alrededor de este hombre soldado de las instituciones, de la “razón de estado” y fiel defensor de la seguridad nacional de la república.

Este político, tan amado como temido, sirvió a la república por más de cinco décadas siempre como celoso guardián de la seguridad nacional, siempre pegado al teléfono rojo.

Don Fernando Gutiérrez Barrios sigue al paso del tiempo aquí presente. Siempre recordándonos que “gobernar exige experiencia, serenidad y vocación; gobernar es sobre todo tener la mirada y el oído alertas, gobernar es oficio superior que no pueden desempeñar los improvisados y mucho menos los improvisados soberbios”.

Tiempo al tiempo.
 
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