DEPORTISTAS

“Si hay una cuestión en que todos los regímenes políticos, cualquiera que sea su fundamento y su ideología, están de acuerdo es en la utilidad política del deporte. Si hay alguna estupidez que todos los profesionales e ideólogos del deporte repiten con cinismo -y algunas veces con ignorancia- es que el deporte es algo ajeno a la política y que debe mantenerse al margen de la misma”. Josep Ramoneda

Juan Antonio Nemi Dib

Cosas Pequeñas

2012-08-13

El tema es inevitable, a menos que se pretenda ignorar la realidad: con intensidad variable, pero los deportes son parte de la vida cotidiana de buena parte de los habitantes del planeta y no necesariamente como una actividad física personal que se practica con propósitos profilácticos, en busca de la buena salud o el divertimento, sino como un espectáculo, es decir, como algo que “se ofrece a la vista o a la contemplación intelectual y es capaz de atraer la atención y mover el ánimo infundiéndole deleite, asombro, dolor u otros afectos más o menos vivos o nobles.”

Con más o menos intensidad -como ahora, por los Juegos Olímpicos, o en los mundiales de fútbol-, en los campeonatos nacionales o locales de las diferentes disciplinas, las justas, sus organizadores, las reglas con que se conducen y, por supuesto, quienes las ejecutan, son parte de una cultura que ocupa buena parte de las agendas sociales, consumen tiempo de los individuos y constituyen un negocio de proporciones muy voluminosas.

La condición para que un deporte sea espectacular, en el sentido llano y preciso de la palabra, radica en su competitividad. Si no hay disputa el atractivo es poco y, en consecuencia, el interés del público resulta ralo. ¿Quién va regularmente a los gimnasios sólo para observar a las personas que entrenan?, ¿quién se levanta temprano sólo para observar a quienes queman calorías con el trote o la carrera?, si lo hicieran... ¿les provocarían el mismo gozo que las rivalidades en la cancha?

Si la competencia es el eje de la actividad física que genera y mantiene retenidas a las audiencias, entonces estamos frente a un juego de poder en el que se imponen los más hábiles, los más fuertes, los más resistentes, los más rápidos, los mejor preparados y a ellos (y ellas) se premia. Podría parecer exagerado pero, sin muchas proporciones que guardar, la competencia deportiva profesional, comercial o de aficionados acaba siendo una exaltación de la conducta extraordinaria, valerosa, heroica, hábil, pertinaz; nada diferente del soldado vencedor de la batalla, del gladiador del circo en la Roma clásica o el jugador de pelota mesoamericano, salvo -claro está- que los vencidos contemporáneos no tienen que morir como antaño.

La cualidad del espectáculo en general y el deportivo en particular es que, quienes lo practican, han de se excepcionales en sus ejecuciones, es decir, deben estar por encima de las capacidades y cualidades del promedio de la gente, de otro modo no tendrían nada extraordinario qué ofrecer al público. La masificación de las comunicaciones y la multiplicación de los auditorios han potencializado el carácter modélico -no necesariamente ejemplar- de los deportistas contemporáneos que se convierten en prototipo y aspiración de miles, a veces de millones, que quisieran copiar de sus “estrellas” preferidas el camino al éxito, que se interpreta como fama, fortuna, éxito sexual, diversión, posesiones y hasta cierta dosis de “invulnerabilidad”.

Ni milésima parte de los que quieren ser como Messi, Woods, Federer, Ronaldo, Pelé, Nadal, Sánchez, Bolt, van a lograrlo, pero nada pierden -o mejor dicho, si pierden, aunque no se den cuenta- con intentarlo. Y ante la limitación para ser iguales a los “ídolos de la afición”, ante la imposibilidad de los hombres y mujeres del promedio de convertirse en Phelps, en Comaneci, aparecen los sucedáneos, los generadores de identidad: uniformes, tenis, alimentos, joyas, cosméticos, alcohol y todo cuanto los “sports stars” sean capaces de anunciar implícita o explícitamente.

Y entonces el señor David Beckham se torna promotor de mercancías, ya no sólo mercancía en sí mismo: posee su propia agencia de publicidad (Footwork Productions), obtiene una rentabilidad neta del 77.5% anual, posee un contrato de por vida con ADIDAS -equivalente a 120 millones de euros-, y representa a PEPSI, Marks & Spencer, Motorola y POLICE, independientemente de que produce su propia línea de perfumes y creo que de ropa. Todo ello sin contar que su paso por el equipo Galaxy de Los Ángeles reportará al inglés casi 32 millones de dólares.

¿Puede alguien ocultar el terrible daño que la corrupción, los negocios “legales” y las mafias federadas -como las de baloncesto y tae kwon do, específicamente- hacen al deporte mexicano y al desempeño de los atletas?, ¿sería mejor, por ejemplo, el fútbol mexicano si no fuese un botín de las televisoras?; ¿se puede se inmune al sacrificio salvaje que China impone a sus deportistas, sólo para presumirles -literalmente- como trofeos vivos?

Es muy cierto que el deporte competitivo es factor de identidad y pertenencia (“Soy PUMA”; “Merengue por siempre”; “#@%& Yankees”) en la localidad, la región y la nación misma y hay quien llega a la vacilada extrema, como se ha visto, de fundar la iglesia de Maradona -con Catedral y todo- jugador que describió una de sus faltas en la cancha como “la mano de Dios”, con todos los significados que puede tener esa ingeniosa pero cínica y petulante excusa.

El triunfo deportivo nos hace pensar que somos superiores a los otros y nos da una sensación de poder colectivo, de preeminencia sobre los rivales, independientemente de que se desconozcan y/o se omitan las decenas de factores, internos o externos, que intervienen en el resultado de un encuentro; la cultura cívica también suele expresarse en el deporte -no sólo con la conducta colectiva de los aficionados llamados hooligans, salvajes casi siempre intoxicados que pretextan las competencias para liberar sus odios y frustraciones normalmente escondidas- sino para evidenciar el nivel de compromiso de cada aficionado: “perdieron”, si el resultado no conviene; “ganamos” si se trata de apoderarse de un crédito, un esfuerzo y un resultado deportivo al que generalmente no se contribuyó sino con las críticas.

No hay duda de que el deporte es un instrumento de manipulación que, bien visto, no hace sino aprovechar la vulnerabilidad del “inconsciente colectivo” ante las pasiones que despiertan las justas. No hay duda de que el deporte se ha convertido en el pretexto perfecto para los grandes mercaderes. Pero independientemente de ello, qué ≪chido≫ se siente cuando los paisanos se imponen al resto del mundo y mueven el resorte que lleva a gritar, a pulmón suelto,“Viva México, cabrones...”. Aquí de nada valen las reflexiones ni el saberse manipulado. Gracias a los deportistas mexicanos; sólo ellos saben el tamaño de su esfuerzo y sus sufrimientos para llegar hasta donde llegaron. Sin embargo, con su trabajo, hicieron por la identidad nacional y el sentido de pertenencia mucho más que muchos. Ojalá que esta sensación de unidad, de optimismo y confianza dure por siempre.