Masacran la pista danzoneros

CRÓNICA: . La oscuridad absorbería el zócalo porteño sino fueran por unas luces que alumbran la pista donde cuerpos vetustos en movimiento danzan de manera cíclica. Mientras más te adentras a la pista, más tus oídos se armonizan con el danzón que toca una orquesta de señores vestidos con indumentaria colorida.

Zona Centro

- 2011-03-20

La oscuridad absorbería el zócalo porteño sino fueran por unas luces que alumbran la pista donde cuerpos vetustos en movimiento danzan de manera cíclica.

Mientras más te adentras a la pista, más tus oídos se armonizan con el danzón que toca una orquesta de señores vestidos con indumentaria colorida.

Los instrumentos calibrados y en sintonía combinan con los pasos coordinados de los señores que danzan, al fondo, otros señores observan sentados esperando alguna pista que les guste.

Jóvenes observan parados como el danzón nace, crece, se reproduce y muere a través de los pasos que bailan, y los instrumentos que emiten sonidos. Un señor de ochenta años baila con su nieta como de 15 años. Su nieta no es tan coordinada como su abuelo, pero lo intenta, una que otra vez pisa a su abuelo, pero termina por agarrar el hilo y el ritmo después de una que otra risita lanzada por ambos.

A un lado en los portales, la vendimia de puros, porcelana, refrescos, cervezas se desarrolla a la par de la gente que baila. También combina con los ritmos norteños y de una marimba que emite sonidos de cha cha cha y canciones al estilo Pérez Prado.

Están llenas las mesas, cervezas, pepitos, tortas, y botellas de whisky descollan en las maderas cuadradas donde el cotorreo se da, las carcajadas, las risas entre los palos golpeando la madera de la marimba y las luces cayendo de golpe sobre las pupilas de foráneos y cotérraneos que se dan cita para la diversión.

Es Veracruz, noche, diversión y rumba. La humedad del puerto jarocho desploma todo acto de silencio. El bullicio enardece como si fueran unas sonajas azotadas al piso mil veces.

Es incesante, todo transcurre de manera parsimoniosa. Parece mentira que en la mañana, cuando el sol está en su apogeo, los cuerpos buscan la sombra e irse rápidamente. Ahora, buscan el sonido. El sonido se vuelve sombra, y el sol silencio y nadie quiere irse.

La orquesta saluda a unos turistas colombianos. Son de Barranquilla y Calí. También saludan a unos regiomontanos. Estos últimos, una pareja de señores de cuarenta, huyen un fin de semana de la metrópoli y las balaceras. Aquí en Veracruz, sólo escucharan las balas del sonido musical acribillar sus oídos.

Atrás, donde el palacio municipal se desenvuelve con su estilo colonial, juegan unos niños con una pelota morada fútbol. Utilizan unos de los arcos del ayuntamiento como portería. Uno se cree el Chicharito Hernández y el otro se cree Cristiano Ronaldo. Nunca se han enfrentado en un partido estos últimos, pero en Veracruz, todo es posible y más en la imaginación de los infantes.

Es viernes, la orquesta lo menciona antes de la última canción. Las Marías venden harapos y cosas tejidas. Nadie parece mirarlas. Una vende separadores de libros de madera cargando en su espalda a un niño de ojos rasgados y pelo lacio pero tieso. La incógnita residen en saber su origen y quién las controla. Huyen a las preguntas, y de repente hablan en dialecto. Curiosamente al vender el español les escurre entre su voz de manera clara y concisa. Mañosas diría cualquiera abuela.

La canción final se llama Masacre. Al cantante dice no gustarle el nombre. Empieza. Tararararan tararan.

Un señor de pelo canoso, vestido de guayabera observa a una muchacha tomar fotos. Le dice a otro que sostiene una cámara profesional en sus manos. La invitaré a bailar, pura basura que baila aquí ya me dio náuseas, dice.

La muchacha, ojiverde y bien contorneada físicamente se da cuenta de la mirada libidinoso del anciano. Huye de manera sutil.

Al final, la música termina y el adulto en plenitud se quedó sin bailar con la muchacha fotógrafa pero bailó con una colombiana de las que saludaron los de la orquesta.

El zócalo se vació de pronto, y sólo quedaron las luces de una luminaria con tres esferas blancas cayendo como la lluvia, incisiva hacia el piso cuadriculado donde minutos antes los cuerpos bailaban y los pies destrozaban el piso.

Sólo quedó el bullicio norteño y marimbero de Los Portales rumiando sobre la intemperie.

Después de todo las masacres sí terminan. Así sean sólo de danzón y de personas de la tercera edad bailando.

Lo de las masacres Calderón no lo ha entendido, ni los gringos que toman una Corona en el restaurant bar Regis parece importarles.

La pista quedó destrozada y llena en silencio con sólo las luces cayendo y la oscuridad apropiándose de ella. Los niños meterán gol pero sin danzón.

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