Un niño vestido de abejita está parado con la mano en su cintura. No pasa el metro de estatura. Mira a su mamá que lo está maquillando y pone cara de fuchi. Ya se quiere quitar el traje, pero su mamá le hace más caso a los granitos que le imagina en su cara incólume que su petición.
Zona Centro
- 2011-03-22
Un niño vestido de abejita está parado con la mano en su cintura. No pasa el metro de estatura. Mira a su mamá que lo está maquillando y pone cara de fuchi. Ya se quiere quitar el traje, pero su mamá le hace más caso a los granitos que le imagina en su cara incólume que su petición. Son diez para las nueve de la mañana.
El sol sofoca la calle Rayón donde niños están formados como militares, son militares de la primavera. Nunca se había visto el zócalo tan colorido. A un día de la primavera, todos los niños son la primavera, la primavera desfilará por la Calle Independencia.
Los tránsitos cierran todos los accesos posibles para que la ola de niños disfrazados desfilen sobre donde hace algunos años pasaba el carnaval. Incluso para evitar molestias, ponen patrullas a la altura de Rayón frente a un tranvía que se levanta como alguna estatua.
Diez minutos después de las nueve, los más de diez kindergarden empiezan a marchar. La orquesta naval encabezará el desfile, pero más lo encabeza una patrulla de protección civil. Un hombre con un radio da la señal, al parecer debe preveer que todo salga en orden como fue.
Los padres de familia han de querer mucho a sus hijos como para dejar que en todo el desfile bailen reggaetón. Así pasa, hacen movimientos de diversión mientras algunos niños emiten mensajes de protección al ambiente.
Frases como “Agua que no has de beber, no ha de volver” se levanta entre una lámina de cartulina fosforescente sostenida por un niño vestido de aerosol. Cada kínder tiene su reina de la primavera que saluda como esas que salen en Disney. Imitar las caricaturas es juego de niños.
Entre calle y calle hay un policía y un tránsito parado para evitar que la circulación se de. Algunas maestras y mamás envuelven a sus hijos en listones territoriales para evitar que los niños salgan de la formación.
Los gritos, los aplausos de quienes transitaban por ahí no se hicieron esperar. Unos se quedaron impertérritos observando el desfile y algunos más con prisa optaron por quedarse para demostrar que el jarocho no le importa la prisa.
"¡Míralos, qué tiernos!", dice una adolescente como de veinte años con lentes imitación, una blusa amarilla de esas que venden en Mirel y un pantalón de mezclilla con unas zapatillas descubiertas mientras les toma una fotografía con su cámara plateada
Junto a la catedral el presidiúm se alzaba en todo lo alto. Una mesa cuadrada y roja donde atrás entrevistan a la alcaldesa vestida adhoc. Un vestido color crema y primaveral y su sonrisa en todo lo alto. Esta vez no hubo discurso sólo un desfile.
A lo lejos se sobrevenía la multitud como un tsunami de cabezas humanas y sonrisas puras. Los aplausos se hicieron cada vez más estruendosos.
Cada kínder recibió el aplauso enardecido de quienes se ponían en las banquetas para observar la pureza disfazada de primavera.
La alcaldesa sonreía y saludaba a cada uno de los niños que le aventaban besos y miradas tiernas.
Un niño reconoce a su abuelo entre la multitud. Estos, eufóricos, hacen ese ademán de saludo mezclado con emoción. El señor, viste una playera gris, un pantalón oxidado y unos zapatos a medio bolear. Inmediatamente reconoce a su abuela que viste de amarillo y le manda besos.
Casi nadie prestó atención a los letreros que mandaban mensajes ecológicos: un señor tiraba una botella al piso. Combinaba con el trino de los pájaros.
Parece que la primavera también es juego de niños.