De volovanes y estudiantes

La historia de quien ha sobrevivido cuatro años priístas y dos sexenios panistas

Zona Centro

- 2011-03-16

Cuando Doña Margarita dejó el hogar hace 14 años para ayudar a su esposo en la venta de volovanes, nunca se imaginó el éxito que tendrían al vender fuera de la Universidad Veracruzana.

En aquel lejano, 1996, el volován lo vendía a tres cincuenta. Ahora, en el 2011, el volován vale doce pesos. Se ha chutado como vendedora los últimos cuatro años priístas y los dos sexenios panistas. También todas las crisis económicas que han llevado el aumento de ocho cincuenta a los panes.

Empezó, con una canasta de esas forradas con papel transparente, aún la conserva, pero ahora expende un sinfín de abarrotes, dulces, tortas y hasta fruta con yogurth.

Estuvo trece años parada en un rinconcito fuera de la Universidad sobre la Avenida Reyes Heroles, ahora, por órdenes de la Dirección de Xalapa, la vicerrectora Liliana Betancourt les sentenció que no podría estar en el lugar de siempre. Ahora deben estar en la batea de una camioneta, acribillada por el salitre del mar en la lámina que rodea el motor.

Viste una falda verde delgadita con una blusa blanca que le holga su cuerpo retacón. No pasa el metro y medio de estatura. Tiene tres hijos. Ninguno pasó más allá de la secundaria. Se casaron antes de los dieciocho.

Su nuera le ayuda, ella es la que regularmente atiende la vendimia volovanera.

El volován nació en Veracruz. Todo inició en la defensa del 21 de Abril de 1921. Como, el pueblo salió a defender no a la patria, sino, a sus esposas por temor a que los marines norteamericanos las violaran, ellas les cocinaban pan hervido con residuos de jamón.

Desde entonces, se volvió una tradición. Aunque quizá haya más versiones del volován. Son muchas.

Pero regresemos a Doña Margarita, volovanera que hace 14 años salió de ser ama de casa para ayudar a su marido en la venta. No gastan en comida nunca, y los volovanes, no los hacen ellos. Los compran. No le gana más allá de tres pesos por volován. Pero dice “que se venden solos” mientras atiende a dos muchachas junto a su nuera. Uno de jamón y uno de jaiba.

Vende tranquila, nunca se ha metido la autoridad con ellos. En otra entrada al campus, hay otra señora que expende lo mismo. Dice “que está bien, el sol sale para todos”.

La cara humilde y cobriza , los ojos saltones, el pelo lacio y negro resaltan entre la muchachada que se acerca por un volován. También vende de pastor, el gran éxito. Son los primeros en acabarse. Su nuera viste una camisa sisada de color blanco. Su cara juvenil y morena también destaca.

Parece mentira pero la crisis no les pega mucha. Viven modestamente ella y su esposo en la Colonia Caballerizas. Ambos, nacieron allí, crecieron y se enamoraron.

Tuvieron tres hijos. Dos mujeres y un hombre, todos casados. Salieron de blanco de su casa.

Doña Margarita no terminó la primaria. Apenas sabe leer y escribir. Nunca en su vida se ha leído un libro. La educación en México siempre ha estado en los estándares más bajos de Latinoamérica.

Pero en toda Latinoamérica no conocen el volován ni a Doña Margarita y sus volovanes de pastor con los que sacó a sus hijos adelante.

No tiene filosofía de vida, la palabra le resulta extraña cuando se le pregunta. A la par, se acerca otra muchacha y le pide un volován de pollo. Son doce pesos dice Doña Margarita.

La muchacha le paga, al recibir el dinero sonríe como cuando el reportero le preguntó si la podía entrevistar.

Sonrisa y volovanes. Vaya mezcolanza de emociones en un puerto de Veracruz con el bochorno pegando en la cara de sus habitantes y el calor con más de treinta grados sobre los hombros de Doña Margarita que nunca deja de sonreír.

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